El cerco de tamariscos

Una llave abre un panel del muro. Es la misma llave que abre de par en par las puertas del insomnio, y entonces aparecen lejanas ciudades, viajeros desconocidos, carruajes, epidemias y naufragios que invaden el recinto donde estoy. Pero quienes me visitan con mayor frecuencia son personas y mapas que se asemejan a un trozo de mi destino.

Ahora se cuela el viento por una gran rendija de este apostadero. Ahora entra la desolación en forma de llanura, replegando su árida piel como una bestia que debe calcular las extensiones para acomodarse mejor. Porque yo he crecido, pero ella ha crecido conmigo, día tras día, a costa de mis huesos, a expensas de las paredes del presente. Nunca fue relegada, entre los trastos, al último rincón. Nunca le fue negado su más tierno holocausto: el jardín sombreado con hierbas húmedas, el cerco de tamariscos cerrado para siempre alrededor de una fortaleza derruida, disputada palmo a palmo por la ortiga y el alacrán; la única nevada y su torcaza de humo susurrando el perdón a las alturas; los santos de la abuela en su caja de cristales azules; la bóveda de mis hermanas, donde zumban las abejas en un doble arco iris de dulzura y paciencia. Insaciable, inextinguible la llanura. Ella me acunó en cambio con terrores, misterios y leyendas y me dejó una sed cuya medida es mayor que la copa que pudiera colmar toda esa lejanía.

Una mano de arena acaricia lentamente esa distancia sin fin hasta mi almohada. Una mano empalidecida por la media luna muerta en el regazo de los médanos, siempre dispuestos a cambiar de lugar. Si lloviera, cada gota sería devorada con avidez, correría hacia algún depósito subterráneo donde yacen mis talismanes hechos de piedrecitas, de huesos de pájaro, de semillas, en los que hay grabadas cifras enigmáticas que trato de interpretar con mi biografía. ¡Qué tesoro incalculable para los arqueólogos del porvenir!

Pero no llueve. No pasa Santa Rosa con su gran nube de elegida flotando sobre la frente, ni Santa Bárbara arroja las centellas y los rayos en el aljibe. Tampoco septiembre arrastra su capa de mariposas amarillas ni noviembre nos cubre con su sombrío manto de langostas hasta la sofocación.

Sólo el viento, el dios alucinado que entreteje sus coronas con ramas herrumbradas y con hojas sedientas, avanza con su cortejo de sobrevivientes entre los matorrales. Es un dios excesivo, del que ni siquiera se reniega. Lo he visto arrastrando fatales migraciones, colonias enteras que parecían representar la caída, no hacia abajo, sino hacia el este. Los rostros de esa gente estaban labrados en un material de resistencia obstinada, y su expresión y hasta sus ropas tenían un aspecto definitivo, como si fueran pasajeros dispuestos a permanecer durante años en una sala de espera hasta oír el llamado de un tren que los depositaría, sin duda, en otra sala exactamente igual. Veo el reguero de carros por el camino, con paraguas inútiles, palanganas azules y roperos cuyos espejos arrojan un resplandor de adiós, un relampagueo desesperado sobre las paredes de las casas que aún no tienen vecinos. Les arrojo girasoles cuando pasan, y los miro, los miro mientras desaparecen por el ojo de la aguja, del lado del revés.

En este otro costado todavía es la hora de la siesta y hay que bajar del árbol de la fruta verde, del árbol del conocimiento donde estamos escondidos como los animalitos de las tapicerías, y huir de la Solapa, la cruel mujer del Sol, que se viste de iguana y sale a perseguir a los niños vagabundos, a los niñosminsomnes. Si los atrapa los convierte en enanos con enormes sombreros de paja y trajes de harapienta vegetación. Al hijo de la Lora, la mendiga de la cueva, le permitió crecer, pero lo guardó en un estuche de bicho canasto. La Lora plañe de puerta en puerta: “¡Moneda grande para la Lora!”, y se refugia en su madriguera, debajo de la tierra, con paso de comadreja. Sospecho que comparte su vivienda con la Solapa. Tienen sombreros iguales.

Nuestra asociación de espías lo averiguará algún día. Mi chapa de espía dice “DTG”, que significa Dios Te Guarde, y mi grado es sólo 4. Los otros chicos son mayores y tienen otra categoría. Algunos no temen inspeccionar cualquier cosa y a cualquier hora. Ni siquiera a la muerte, que puede caer a medianoche desde un tren en marcha y perseguir a quien la vio. Sí, como los cardos rusos, esas moles errantes que crecen a medida que ruedan hasta formar el áspero fantasma que devora una a una las hogueras del atardecer, que devora la tormenta y a mí con el abuelo Damián sobre el caballo en la noche de toda la penuria, cuando regresamos de Telén y mi hermano Alejandro ya no está, y en su lugar todo es sollozo y hielo que se quiebra entre los trapos negros, y ese es un precipicio que no me han dejado atravesar con los demás desde la misma casa.

La veo. Veo la casa que siempre por las noches comienza a andar, lenta y majestuosa, arrastrando el jardín, las quintas y el molino, trasladando a los moradores que han conquistado con mi sangre el billete para viajar. Mamá, papá, la abuela, tía Adelaida, Alejandro y mis hermanas —Laura y María de las Nieves— juegan a ser los pasajeros de la eternidad, cada uno en su silla de oro, cada uno en su papel marcado por la providencia, por el poder, por la misericordia, por el aturdimiento, por la ausencia, por la complicidad, por la aventura.

Se bambolea la casa, oscila, se inclina, ya escorada, como si quisiera arrojar a todos los viajeros, con muebles y baúles, por la borda. No temo, porque de mí depende. Fui la última en llegar y me quedaré para apagar las lámparas cuando no quede nadie, cuando todos sean como el rey y las reinas en las barajas de sacar solitarios.

Aun después, esta casa errante, con la que siempre tropiezo en todas partes, seguirá apareciendo, convocada por cada verano, por cada luna llena, porque la soledad es memoriosa y clama por aparecidos y desaparecidos y los hace visibles. La soledad es prolija y exhibe sus pertenencias bajo el sol de la total oscuridad. Se detiene en un hombre, en una rueda, en una sombra, en unos huesos que encenderán sus luces buenas en la noche, y los aisla y los muestra y los levanta hasta el cielo como a ángeles de su propia anunciación. La soledad de la llanura está situada en el centro del mundo. Se ve desde todas partes.

Allí se alza ahora la criatura que fui, esa que se probaba entre otras máscaras el rostro que ahora tengo. Ella no me ha podido legar todas sus posesiones. Muchas luciérnagas se han apagado, muchos trozos de escarcha de aquellos que envolvían los racimos de flores en el amanecer se han disuelto en un agua en la que ya no puedo contemplarme. Pero los emisarios celestiales, esos que componían su lenguaje con signos extraídos del misterio, extraídos de la nostalgia de otro paraíso, depositan en medio de este cuarto un arcón en llamas donde yace intacto el cadáver de la inocencia.

Adelante, guardianes. Encarnación, la hechicera blanca con manos de gallina y medias de lana azul, encarnada en el águila de los conjuros, vuelca sobre un trozo de mármol las vetas de mi fiebre y detiene a la muerte. La Reina Genoveva viene descalza, envuelta en jirones de sedas y de encajes, con un collar de abalorios que se alarga de pueblo en pueblo y un abanico que no abre porque está cubierto de firmas que testimonian su locura. Sopla sobre mis ojos para que nunca llore. Nanni, el cantor frustrado, con guantes blancos y levita raída verde rata, verde último color, traza con una cuchara el círculo que lo separa de la tierra y sube con sus gorriones las escaleras del granero que conducen al Juicio Final. Los tres tienen un ala en mitad de la espalda, un ala quebradiza que se disgrega en polvo. Cae sobre mi rostro en un remolino lento que me aspira hacia arriba, desde allá, desde siempre, donde la oscuridad es otro sol, y me trae hasta acá, hasta ahora, donde también la luz es un abismo.

La Reina Genoveva sopló sobre mis ojos para que no llorara. “No llores, nunca llores, Josefina”, dijo. La Reina Genoveva me ha mentido.

Olga Orozco

Ahora que el tiempo parece todo mío
y nadie me llama para la comida o para la cena,
ahora que puedo quedarme a mirar
cómo se derrite una nube y cómo se decolora,
cómo camina un gato por el techo
en el lujo inmenso de una exploración, ahora
que cada día me espera
la ilimitada duración de una noche
donde no hay llamada y no hay más razones
para desnudarse de prisa y descansar dentro
de la cegadora dulzura de un cuerpo que me espera,
ahora que la mañana no tiene nunca principio
y silenciosa me deja con mis proyectos
con todas las cadencias de la voz, ahora
quisiera repentinamente la prisión.

Patrizia Cavalli