II

No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensándote desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
-el erizo de niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la piedra imán que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor-.
Y ya habías aparecido en este mundo,
intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,
más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.

Olga Orozco

Si el muro fuera de piedra y no de aire,
si a través del muro no se tocaran los árboles,
si las altas rejas de sombra que te rasgan el alma
fueran la sombra de rejas reales que se pueden tocar
si recordaras el ruido de una puerta que se cierra
a tus espaldas y el tintineo de las llaves
del cinturón del carcelero que se aleja:
¡Cuánto alivio tendrías en el horror!
Porque lo que se cierra puede volver a abrirse,
la roca más imponente puede ser destruida.
Pero donde estás no hay puerta, y ninguna puerta se abrirá.
Y no hay muro: ningún muro será abatido.
Las rejas de la sombra son las rejas verdaderas,
no serán arrancadas.
Tú limitas con el aire,
tocas los árboles, coges las flores, eres libre,
y tú misma eres tu propia prisión que camina.

Marguerita Giudacci