Vino de noche

Vino de noche. Dijo que regresaba para morir. Traía la muerte en los ojos, ¿sabe usted? Pero no la de esos pobres desgraciados que están en el depósito. No. Traía en los ojos la propia muerte, la suya, la de él. Llamó a mi puerta y me preguntó por su madre. Fui yo quien le dije que había muerto, y a mí me dijo él que venía para morir. Yo no he visto una tristeza más negra. Nunca, no señor. Se pasó la mano por la cara como si quisiera limpiársela. Me miró, volvió a lavarse la cara sin agua, me miró otra vez y me preguntó por su padre. Muerto, hijo, muerto. ¿Murieron bien? Y yo le contesté que sí, que santamente se murieron, uno detrás de otro, y los dos preguntando por él. Llevaba cuarenta años perdido, me dijo como pidiendo perdón por una ausencia tan larga. Pobrecito, si era un zagal cuando se lo llevaron, si lo hubiera visto usted, lástima de criatura; cómo lloraba, las lagrimas se le iban yendo igual que la cera derretida se le cae a las velas.

Cielos de barro (fragmento)

Dulce Chacón

La muerte

A partir de aquella mañana, siempre habría algo más, porque los suicidas se matan, pero nunca se mueren del todo. Sobreviven en la conciencia de quienes les sobreviven, y su amor es implacable, capaz de imponerse al tiempo y al espacio, tan poderoso que resucita las culpas olvidadas, el sufrimiento amortiguado, los errores que parecían haber caducado. Desde que Marcos murió, tengo veinte años todos los días, en algún momento de todos los días. Desde que Marcos murió, todos los días abro la carpeta, saco los dibujos, los miro, los toco, y me lamento. Desde que Marcos murió, todos los días comprendo que el resto de mi vida ha pasado en vano, que no ha vuelto a sucederme nada, que no he sabido hacer ninguna cosa bien sin ellos. Ésa ha sido su herencia, tal vez su venganza.

Castillos de cartón (fragmento)

Almudena Grandes