Bossanova

Un poco de tristeza
a nadie le hace mal,
me dije y vi
a la tristeza florecer.

Tomo café,
miro la arena llena de pisadas,
oigo como a lo lejos
una música azul.

Veo ser estas flores, también azules,
el milagro de algo
que aún brilla,
desde hace tanto tiempo.

Un poco de tristeza
a nadie le hace mal, me dije y vi
que no era nadie yo sino tan sólo
tu felicidad.

Ricardo Yáñez

Lo que más amo, lástimo

Dejo caer el látigo duro de mi voz
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer la ola súbita de mi ira
en cada palpitación
y lo que más amo, lastimo.
Dejo caer mi dignidad herida,
como bolsa de hiel que se revienta
y lo que más amo, lastimo.
Saco la frazada de mi amor
-a mordiscos, a puntapiés despedazada-
y te quiero cubrir,
se te clavan sus puntas de hielo desdentado,
aúllas de dolor
y yo te amo,
te quiero cubrir, ponerte a salvo
de los colmillos negros de la vida.

Enriqueta Ochoa

Carta a mi madre

A Teodora

recibí tu carta 20 días después de tu muerte y cinco minutos después de saber que habías muerto / una carta que el cansancio, decías, te interrumpió / te habían visto bien por entonces /aguda como siempre / activa a los 85 años de edad pese a las tres operaciones contra el cáncer que finalmente te llevó/

¿te llevó el cáncer? / ¿no mi última carta? / la leíste, respondiste, moriste / ¿adivinaste que me preparaba a volver? / yo entraría a tu cuarto y no lo ibas a admitir / y nos besábamos / nos abrazamos y lloramos / y nos volvemos a besar / a nombrar / y estamos juntos / no en estos fierros duros /

vos / que contuviste tu muerte tanto tiempo / ¿por qué no me esperaste un poco más? / ¿temías por mi vida? / ¿me habrás cuidado de ese modo? / ¿jamás crecí para tu ser? / ¿alguna parte de tu cuerpo siguió vivida de mi infancia? / ¿por eso me expulsaste de tu morir? / ¿como antes de vos? / ¿por mi carta? / ¿intuiste? /

nos escribimos poco en estos años de exilio / también es cierto que antes nos hablamos poco / desde muy chico, el creado por vos se rebeló de vos / de tu amor tan estricto / así comí rabia y tristeza / nunca me pusiste la mano encima para pegar / pegabas con tu alma / extrañamente éramos juntos /

no sé cómo es que mueras / me sos / estás desordenada en mi memoria / de cuando yo fui niño y de pronto muy grande / y no alcanzo a fijar tus rostros en un rostro / tus rostros es un aire / una calor / un aguas / tengo gestos de vos que son en vos / ¿o no es así? / ¿imagino? / ¿o quiero imaginar? / ¿recuerdo? / ¿qué sangres te repito? / ¿en qué mirada mía vos miras? / nos separamos muchas veces /

nací con 5,5 kilos de peso / estuviste 36 horas en la cama dura del hospital hasta sacarme al mundo / me tuviste todo el tiempo que tu cuerpo me pudo contener / ¿estabas bien conmigo adentro? / ¿no te fui dando arrebatos, palpitaciones, golpes, miedos, odios, servidumbres? / ¿estábamos bien, juntos así, yo en vos nadando a ciegas? / ¿qué entonces me decías con fuerza silenciosa que siempre fue después? / debo haber sido muy feliz adentro tuyo / habré querido no salir nunca de vos / me expulsaste y lo expulsado te expulsó /

¿esos son los fantasmas que me persigo hoy mismo / a mi edad ya / como cuando nadaba en tu agua? / ¿de ahí me viene esta ceguera, la lentitud con que me entero, como si no quisiera, como si lo importante siga siendo la oscuridad que me abajó tu vientre o casa? / ¿la tiniebla de grande suavidad? / ¿dónde el lejano brillo no castiga con mundo piedra ni dolor? / ¿es vida con los ojos cerrados? / ¿por eso escribo versos? / ¿para volver al vientre donde toda palabra va a nacer? / ¿por hilo tenue? / la poesía ¿es simulacro de vos? / ¿tus penas y tus goces? / ¿te destruís conmigo como palabra en lapalabra? / ¿por eso escribo versos? / ¿te destruyo así pues? / ¿nunca me nacerás? / ¿las palabras son estas cenizas de adunarnos? /

nos separaste muchas veces / ¿eran separaciones? / ¿formas para encontrarse como primera vez? / ¿ese imposible nos hacía chocar? / ¿eso me reprochabas en el fondo? / ¿por eso eras tan triste algunas tardes? / tu tristeza me era insoportable / a veces quise morirme de eso todavía / ¿ya tenía mi pedazo de vida para ocuparme de él? / ¿como animal cualquiera? / ¿ya soy triste por eso? / ¿por tu tristeza ofende la injusticia / escándalo del mundo? /

siempre supiste lo que hay entre nosotros y nunca me dijiste / ¿por culpa mía? / ¿te reproché todo el tiempo que me expulsaras de vos? / ¿ése es mi exilio verdadero? / ¿nos reprochamos ese amor que se buscaba por separaciones? / ¿encendió hogueras para aprender la lejanía? / ¿cada desencontrarnos fue la prueba del encuentro anterior? / ¿así marcaste el infinito? /

¿qué olvido es paz? / ¿por qué de todos tus rostros vivos recuerdo con tanta precisión únicamente una fotografía? / Odessa, 1915, tenes 18 años, estudias medicina, no hay de comer / pero a tus mejillas habían subido dos manzanas (así me lo dijiste) (árbol del hambre que da frutas) / esas manzanas ¿tenían rojos del fuego del pogrom que te tocaba? / ¿a los 5 años? / ¿tu madre sacando de la casa en llamas a varios hermanitos? / ¿y muerta a tu hermanita? / ¿con todo eso / por todo eso /contra / me querés? / ¿me pedías que fuera tu hermanita? / ¿así me diste esta mujer, dentro / fuera de mí? / ¿qué es esta herencia, madre / esa fotografía en tus 18 años hermosos / con tu largo cabello negriazul como noche del alma / partida en dos / ese vestido acampanado marcándote los pechos / las dos amigas reclinadas a tus pies / tu mirada hacia mí para que sepa que te amo irremediablemente? /

¿así viaja el amor / de ser a antes de ser? / ¿de ser a sido en tu belleza? / ¿viajó de vos a mí? / ¿viaja ahora / morida? / nada podemos preguntar sino este amor que todo el tiempo nos golpeó / con su unidad irrepetible / ¿para que no olvidemos el dolor? / ¿los dos niñitos del mercado de Ravelo con una gallinita en los brazos, ofreciendo barato y con gestos de madre, casi recién salidos de sus madres? / ¿por qué te apareciste en el mercado boliviano? / ¿en cada pena estás? / apagabas el sol para dormirme /

¿podes quitarme vida? / ¿ni quitártela yo? / ¿castigabas por eso? / desciendo de tus pechos / tu implacable exigencia del viejo amor que nos tuvimos en las navegaciones de tu vientre / siempre conmigo fuiste doble / te hacía falta y me echaste de vos / ¿para aprender a sernos otros? / cada mucho nos dabas un momento de paz: entonces me dejabas peinarte lentamente y te ibas en mí y yo era tu amante y más / ¿tu padre? / ¿ese rabino o santo? / ¿que amabas? / ¿más que a mí? / ¿me perseguías porque no supe parecerme a él? / ¿y cómo iba a parecerme? / ¿no me querías otro? / ¿lejos de ese dolor? / ¿por qué tan vivo está lo que no fue? / ¿nunca junté pedazos tuyos? / ¿cada recuerdo se consume en su llama? / ¿eso es la memoria? / ¿suma y no síntesis? / ¿ramas y nunca árbol? / ¿pie sin ojo, mano sin hora? / ¿nunca? / ¿saliva que no moja? / ¿así atan los cordones del alma? / ¿vos sos dolor, miedo al dolor? /

¿qué fue lo separado? / ¿mi dedo de escribir en tu sangre? / ¿mi serte de no serte? / y vos, ¿no eras el otro? / ¿cuántas veces miraste las llamas del pogrom mientras yo te crecía, entraste al bosque donde cantaba el ruiseñor que nunca oí, jugaste con el que nunca fui? / nacimos junto a dos puertos distintos / conocemos las diferencias de la sal / vos y yo hicieran un mar desconocido con dos sales /

me hiciste otro / no sigas castigándome por eso / ¿te sigo castigando por eso? / ¿y sin embargo / y cuándo / y yo tu sido? / ¿vos en yo / vos de yo? / ¿y qué podemos ya cambiar? / ¿pudimos cambiar algo alguna vez? / ¿nunca saldé las hambres del abuelo? / los ojos claros del retrato que presidía tu cuarto / ¿qué puede el verdadero amor cambiar? / ¿o nos es de tal modo que nos empuja a ser sí mismos? / ¿para uno en el otro? / ¿resonando en las partes de la noche? / ¿como dos piedras contra el cielo? / ¿pájaro y árbol? / cuando se posa el pájaro en el árbol, ¿quién es vuelo, quién tierra? / ¿quién baja a oscuridad? / ¿quién sube a luz? / ¿qué goce pasa a llaga? / ¿te llevo en llaga viva? / ¿para que nos atemos otra vez? / ¿este sufrido amor? /

me hiciste dos / uno murió contuvo / el resto es el que soy / ¿y dónde la cuerpalma umbilical? / ¿dónde navega conteniéndonos? / madre harta de tumba: yo te recibo / yo te existo /

¿tratos de amor hay en la sombra? / ¿ya volveré a peinarte el dulce pelo / espesura donde mi mano queda? / ¿pensativa en tu aroma? / ¿gracia cuajada en lenta parecida? / ¿me quisiste imposiblemente? / ¿así me confirmaste en el furor? / ¿puerto de tardes inclinadas al que volvías tantas veces? / ¿dónde navegarás ahora sino en mí / contra mí? / ¿puerto solo? / bella de cada mar en mi cabeza / llaga de espumas / alma /

no sé qué daño es éste / tu soledad que arde / dame la rabia de tus huesos que yo los meceré / vos me acunaste yo te ahueso / ¿quién podrá desmadrar al desterrado? / tiempo que no volvés / mares que te arrancaste de la espalda / tu leche constelada de cielos que no vi / leche llena de sed / tus pechos que callaban / paciencias / caballitos que el pasado maneó / llenos de estepa detenida / rota por mi avidez de vos / así me alzaste / me abajaste / me amaste sin piedad / pañal feroz de tu ternura /

¿o yo fui tu cansancio? / ¿te reproché que me expulsaras? / ¿nos ata ese reproche hondísimo / que nunca amor pudo encontrar? / ¿no me quisiste mar y navegar lejos de vos? / ¿tiempo hecho de vos? / ¿no me quisiste acaso otro cuando me concebías? / ¿otra unición de esa unidad? / ¿ama total de tus dos sangres? / ¿te das cuenta del miedo que nos hiciste, madre? / ¿de tu poder / tu claridad? /

¿qué cuentas pago todavía? / ¿qué acreedores desconozco? / ¿necesito recorrer una a una tus penas para saber quién soy / quién fui cuando nos separamos por la carne / dolorosa del animal que diste a luz / siervarnía / ciega a mi servidumbre de tu sierva / pero esas maravillas donde me hijaste y te amadré / tu cercana distancia /

¿me ponías a veces delantales de fierro? / ¿me besabas a veces con pasión? / ¿y qué pasión había en tu pasión ? / ¿no podrías cesar en tu morir para decirme? / ¿no te querés interrumpir? / ¿entraste tanto en tu desparecer? / ¿volvés al desamparo de mí? / ¿tan duro era mi amor? / ¿te di un alma y con otra te echaba a mi intemperie? / ¿no pudiste morivivirme en suave claustro / no darme de nacer? / mi nacer, ¿te habrá apagado ganas de matarme? / ¿eso me perdonabas y no me perdonabas? / ¿así peleaste con tus sombras? / ¿así me hiciste sombra tuya de otro cuerpo, me diste tu pezón / campo violeta / donde pacía un temblor? A ¿techo contra el terror? / ¿única tela de la paz? / ¿no la tejíamos los dos? / ¿en mañanas cayendo sobre el patio donde jamás hubo otra gloria? / ¿blancuras que de vos subían? / ¿rocíos de tu sangre al puro sol? / ¿lluvia de abajo interminable? / ¿yo fui animal de lluvia? / ¿te ensucié pechos con mi boca? / ¿me diste a veces leche amarga? /,¿te olvidas de las veces que no quise comer de vos? / ¿qué te venía entonces de la entraña del alma? / esos jugos, ¿no me atardecen fiero? / ¿y vos crees que estás muriendo? / ¿antes que muera yo? / ¿y se apaguen, los gestos que escribiste en mi cuerpo? / ¿las dichas que imprimiste? / ¿en mi querer a las mujeres? / ¿prolongándote en ellas? / ¿que de vos me tuvieran y alejaran? /

¿qué yo habré sido para vos? / ¿cómo me habrás sufrido cuando salí de vos? / no saberte, ¿no es mi saber de vos? / yo no sé por qué cielos giraste / sé que giran en mí / nada pudiste finalmente ahorrarme / no soy sin vos sino de vos / no me reproches eso / todavía me entibia el blancor de tu nuca / y mis besos allí / siervos de esa armonía / ¿cuántas veces se detuvo allí el mundo? / ¿cuántas veces cesaste la injusticia allí / madre? / ¿cuántas veces el mundo endureció tu leche / la que me abraza / la que me rechaza / la que te pide explicaciones? / ¿ya solísima / y tarde / y tan temprano? /

y esta tarde / ¿no está llena de usted? / ¿de veces que me amó? / la voz que canta al fondo de la calle / ¿no es su voz? / ¿temblor de vientre juntos todavía? / ¿qué es este duro amor / tan suave y tuyo / lluvia a tu fuego / fuego a tu madera / llama escrita en el fuego con tu huesito último / ardor de pie en la noche? / ¿alta? / ¿qué gritas en mi alma? / pero no me gritas / tu paladar entrado a tiendas de la sombra siento frío / ¿cuántas veces sentiste mis fríos? / ¿me habrás mirado extrañada de vos? / ¿no te fui acaso el peor de los monstruos? / ¿el creado por vos? / ¿y cómo hiciste para amarme? / ¿ese trabajo dabas de comer contra tu propia oscuridad? / y cuando abrí la boca, ¿no gritaste? / ¿no se asustó tu lengua de mi lengua? / ¿no hubo un jardín de espanto en tu saliva? / ¿que sembré / cultivé / regué con mi tu sangre? / ¿y qué te habré morido al darme a luz? / ¿y la profundidad de mis desastres? / ¿y nuestro encuentro inacabado / ya nunca / ya jamás / ya para siempre? / ¿y pedregal de vos a vos donde sangraron mis rodillas? / ¿cuando junto a mi cuna llorabas tantas cosas / y mi fiebre / y la fiebre de tu salvaje juventud? /

así mezclaste mis huesitos con tu eternidad / tus besos era suaves en noches que me dejaste solo con el terror del mundo / ¿me buscabas también así? / ¿hermanos en el miedo me quisiste? / ¿en un pañal de espanto? / ¿o me parece que fue así? / ¿dónde se hunde esta mano / dónde acaba? / ¿escribís, mano, para que sepa yo? / ¿y sabes más que yo? / tocaste el pecho de mi madre cuando fui animalito / conociste calores que no recuerdo ya / bodas que no conoceré / ¿qué subtierra de la memoria aras? / ¿soy planta que no ve sus raíces? / ¿ve la planta raíces? / ¿ve cielos / empujada? / ¿cómo vos, madre, me empujas? / mi mano, ¿es más con vos que mismo yo? / ¿siente tu leche o lunas de noche en mí perdida? /

¿y mi boca? / ¿cuánta alma te chupó? / ¿te fue fiesta mi boca alguna vez? / ¿y mis pies? / ¿me mirabas los pies para verme el camino? / ¿y tu ternura entonces? / ¿era tu viaje hacia mi viaje? / ¿fuiste rodeada de temor amoroso? / ¿del caminar por mí? / ¿por qué nunca supimos arreglar el dentrofuera que nos ata? / ¿al afuerino de tu cuerpo? / tu leche seca moja mi alma / ¿ahora la soy? / ¿me es? / ¿cuáles son los trabajos del pájaro que nunca me nombras? / ¿el que nos volaría juntos? / ¿ala yo / vuelo vos? / me obligaste a ser otro y tu perdón me muerde las cenizas / ¿acaso yo podía prolongar tu belleza? / ¿sin convertirla en cuerpo de dolor / lengua exiliada de tu nuca? / ¿y cuánto amé la ausencia de tu nuca para que no doliera? / ¿y que te devolviera? / ¿a dulzura posible en este mundo? / ¿conocida que no puedo nombrar? / ¿vientre que nadie puede repetir? / ¿lleno de maravilla, de gran desolación? / ¿pasó a río deshecho por mis pies? / ¿tan duro tu olvidar? / poderosa, ¿soy el que vos morís? / ¿ceñido de tu nombre? / ¿por qué te abrís y te cerras? / ¿por qué brilla tu rostro en doble sangre / todavía?
pasé por vos a la hermosura del día / por mí pasas a la honda noche / con los ojos sacados porque ya nada había que ver / sino ese fino ruido que deshace lo que te hice sufrir /ahora que estás quieta/
¿y cómo es nuestro amor / éste? /
envolverán con un jacinto la mesa de los panes /
pero ninguno
me hablará / estoy atado a tu suavísima / doy de
comer a tu animal más ciego /

¿a quién das tregua / vos? /
están ya blancos todos tus vestidos/
las sábanas me aplastan y no puedo dormir / te odias en mí completamente / se crecieron la mirra y el incienso que sembraste en mi vez / deja que te
perfumen / acompañen tu gracia / mi alma calce tu transcurrir a nada / todavía recojo azucenas que habrás dejado aquí para que mire el doble rostro de tu amor/
mecer tu cuna / lavar tus pañales / para que no
me dejes nunca más /
sin avisar / sin pedirme permiso /
aullabas cuando te separé de mí /
ya no nos perdonemos /

Juan Gelman

La vida no es una canción de The Smiths

Pasan los días
y se borra la evidencia.
Ya no quedan rincones
ni esqueletos de botellas.
Licor barato.

El otro día pasé
por nuestra calle
y, en un intento,
siempre frustrado,
de voyerismo,
me senté a observar.

Nada pasó.
No sé muy bien qué esperaba que pasara.

Ahora que lo pienso mejor,
acostarme en tu lado de mi cama
o buscar tu nombre en los letreros de las calles
es un poco morboso,
casi parafílico.

Es buscarle una cara al destino,
apostarle al caballo que a perdió dos patas
y va por la tercera.
Directo a la fábrica de pegamento.

O querer empujarte al regreso,
o jalarme hacia la muerte.

El otro día pasé
por nuestra calle
y, en un intento,
siempre frustrado,
de voyerismo,
me largué de ahí
como alma que lleva el diablo.

A la mierda contigo.

Isabel Espinoza

Galatea en Brighton

Me tomó algunos meses comprender que Siobhan Kearney era el nombre irremediable de por lo menos dos mujeres distintas. Y cuando al fin pude apreciar las dimensiones de esa triste homonimia, era ya tan tarde que mejor hubiera sido no saberlo. Con frecuencia me pregunto durante cuánto tiempo oí a mis padres citar aquel nombre antes de que éste comenzara a quitarme el sueño. Nunca es fácil decidir en qué momento preciso una mención fortuita o un rostro cualquiera pasaron a formar parte de nuestro insomnio. Legiones de rasgos y palabras perturban cada día nuestros sentidos sin granjearse por ello un espacio en nuestra mente. Acaso intercambiamos miradas con un desconocido, leemos con alivio las esquelas de una funeraria o cedemos nuestro sitio en el tranvía a una joven hermosa que sin embargo olvidaremos enseguida. Los borramos para defendernos de la memoria pura. Los ignoramos porque no queremos que todos sean alguien para nosotros. O quizá también porque nos aterra la idea de ser alguien para todos. Los olvidamos, en fin, porque en el fondo sabemos que el anonimato, tanto o más que la fama, es uno de los deseos velados de cualquier existencia.

Escribo esto y descubro con vergüenza que a la segunda Siobhan Kearney le fue negado precisamente su derecho a no ser nadie. Puedo apostar que ella, hacia el final de sus días, hubiera dado lo que fuese por que su nombre no importase a nadie, al menos no para quienes la honramos hasta matarla. La imagino antes de todo, cuando era niña o adolescente, quién sabe si feliz, pero sin duda poco preocupada por llamarse como se llamaba. Su nombre, hasta el momento atroz en que lo descubrió mi padre en los registros de su oficina bancaria, debió de ser como cualquier otro, resonante sólo para quienes la amaron o aborrecieron antes que nosotros: su madre viuda, un hermano que sólo alcanzó a escribirle dos cartas desde las trincheras del Somme, un novio acaso despechado que habría repetido aquellas sílabas de amor desde el fondo de la calle que conducía a su modesto apartamento en Cockfosters. Un nombre para ella dulce o neutro, un nombre que, sin embargo y sin que ella lo supiese, se iría cargando de fatalidad en las sesiones espiritistas que por años ofició madame Doucelin en nuestra casa solariega de Brighton.

Los devotos de la madame llegaban siempre a las cinco: anchos, atildados, diestros como nadie en la elegancia de quienes llevan mucho tiempo compartiendo mezquinas transgresiones. Ahogaban su espera con la repostería de mi madre y se embarcaban en charlas banales que sólo hacían más enervante la impuntualidad de madame Doucelin. Siempre parecía intolerablemente tarde cuando la figura inmensa de la médium ensombrecía el umbral de la casa. Su sola presencia, sin embargo, bastaba para que los miembros de su conventillo le perdonasen todo: su informalidad, la perfumada grosería de sus modales, sus cien kilos de ser escandalosamente francesa. Daba pena verles tan sumisos a la fuerza espiritual de aquella mujer enorme, tan dispuestos a celebrar sus desaires y cumplir sus más leves caprichos como si se tratara de una deidad telúrica, providente y terrible al mismo tiempo. Ella, por su parte, se dejaba querer y temer, jugueteaba un rato con la ansiedad del conventillo y sólo se avenía a iniciar la sesión cuando era noche cerrada y la vehemencia de sus devotos comenzaba ya a volverse insostenible. Aquella postergación era tan frecuente y estudiada como las propias sesiones, y no me extrañaría que la madame la juzgase parte de su ritual ultramundano, un necesario desgaste para quebrantar las defensas de los comensales y disponerles para creer ciegamente en las cosas que ella, transfigurada y solemne a la luz de las velas, les decía luego desde la frágil frontera que nos separa de los muertos.

Ignoro cómo o cuántas veces fui testigo presencial de los prodigios espiritistas de madame Doucelin. Seguramente fueron muchas, pues sus visitas a Brighton nunca fueron en mi casa motivo de secreto, ni siquiera de discreción. Mi padre hablaba de las sesiones como quien comenta un partido de cricket, y mi madre las preparaba siempre con el mismo esmero con que habría administrado las raciones para un almuerzo dominical. Cuando aludían a los espectros que la noche previa habían acudido a sus invocaciones, los hacían como si se tratara de un político en desgracia o de una soprano que ha cantado bien un aria en Covent Garden.

Naturalmente, mis padres y los demás miembros del conventillo tenían sus preferencias en lo que hace a sus visitantes del más allá: ciertos nombres podían repetirse en nuestras sobremesas hasta volverse cotidianos, otros podían apasionarles, causar trifulcas entre ellos, caer en desgracia o incluso merecer que nadie volviese a nombrarles, no se diga a invocarles. Y aunque nunca tuve claro qué etiqueta podía ganarle a un alma en pena el afecto o el desprecio de los vivos, muy pronto me acostumbré a convivir con ellos y tolerarlos en mi infancia como otros deben hacer con parientes que se resisten a ser lejanos o con la prole invasiva de extraños que fueron al colegio en las mismas aulas que nuestros padres.

Mentiría si dijese que la primera Siobhan Kearney fue desde el comienzo una muerta de excepción para los seguidores de madame Doucelin. Sus primeras apariciones en la casa de Brighton apenas debieron de sembrar en ellos cierta curiosidad por su vida desastrada o por las minucias de un suicidio con barbitúricos que, en realidad, no difería gran cosa de la de muchos otros espectros invocados por la voz ventral de la médium. Después de todo, no era inusual que los suicidas pululasen en las sesiones para narrar a los vivos los mórbidos detalles de sus últimos instantes en el mundo. Ciertamente esos casos sembraban algún interés en el conventillo, pero el entusiasmo o el morbo que generaban se extinguían tan pronto como habían venido, casi siempre desplazados por las confesiones de algún suicida más elocuente, más audaz o, por lo menos, más lúbrico.

No es entonces improbable que el fantasma de la suicida Siobhan estuviese cerca de pasar al olvido cuando mi padre descubrió a la joven que, para su mal, llevaba sin saberlo ese mismo nombre. Culpar de esto sólo a la casualidad me parece hoy tan absurdo como creer a ojos cerrados que la primera Siobhan lo dispuso todo para que así ocurriera desde el fondo mismo del infierno. Antes que el azar o los designios de ultratumba, los verdaderos responsables de esa escaramuza fuimos los vivos, seres de carne y hueso cuyo guía no fue otro que mi padre. A fin de cuentas fue él quien cierto día reconoció el nombre de Siobhan Kearney en la lista de pequeños clientes proletarios de su banco en Londres. Y fue él quien esa misma tarde celebró el hallazgo entre los devotos de madame Doucelin, inocente al principio, entusiasta luego, delirante al fin cuando notó que también ellos, sus contertulios y amigos, veían en el hecho como algo más que una curiosa coincidencia, quizá más bien como una señal una invitación inestimable a refrescar un poco aquel juego espiritista que a esas alturas había comenzado ya a aburrirles.

No dudo que al principio lo hayan concebido así, como un juego, un simple juego más o menos inocente, algo similar a una especulación bursátil en la que algunos cientos de libras, audazmente administrados por mi padre, enriquecerían por fuerza el anecdotario de su conventillo en Brighton. Nada de esto, sin embargo, les absuelve de haber seguido con su macabro pasatiempo cuando advirtieron hasta dónde tendrían que llevarlo para sentir que su inversión había valido la pena. Por lo que hace a madame Doucelin, su parte en esa industria me resulta hoy extrañamente difusa: a veces la concibo como artífice última de la debacle de la segunda Siobhan, algunas la veo reacia a participar en ella, y otras, las más, la pierdo entre los rostros de sus devotos como si, en efecto, la médium hubiera sido un mero instrumento, un amasijo de carne blanca y resonante sometido por entero a los designios de la primera Siobhan, la muerta.

De este vórtice inestable de memorias apenas puedo rescatar con claridad la noche en que mi padre relató a sus cómplices los pormenores de su primer encuentro con la nueva Siobhan Kearney. Lo veo ensanchado en el sillón que preside la sala, sonriente, orgulloso como un patriarca que se dispone a contarnos sus desmanes de juventud. Junto a él, erguida en un pequeño taburete, mi madre también sonríe, casi puedo asegurar que aplaudiría si no la contuviese su estricto sentido del recato. De cualquier modo, mi madre no deja de exigir a mi padre que les diga de una vez lo que todos ansían oír: quieren saber qué aspecto tiene la muchacha, si se sintió inhibida por la célebre opulencia de la oficina bancaria, si aceptó de buenas a primeras el generoso trato que al cabo le hizo mi padre o si mostró algún interés por la muerta cuya fortuna estaba a punto de usurpar sin saber que con ello asumía también su turbulento destino.

Así apremiado por sus cómplices y amigos, mi padre al fin narra y retrata. En dos trazos describe a la rústica muchacha que esa mañana entró en su oficina manoseando la carta que él mismo había redactado sugiriéndole invertir parte de sus ahorros en el mercado del hierro. Imita luego la voz tímida de Siobhan Kearney cuando ésta le dijo que seguramente se trataba de un error, pues ella nunca ha visto junta tal cantidad de dinero. Mi padre, entonces, exagera su propia sorpresa cuando revisó con simulada atención los registros bancarios y juró despedir al empleado imbécil que no supo distinguir entre las cuentas de ambas mujeres. Finalmente, abusando del silencio en que han caído sus oyentes, vuelve a fruncir el ceño, contempla a la muchacha, finge meditar y le dice con un guiño de complicidad que sin duda ese dinero estará mejor en sus manos, pues es evidente que su dueña original hace tiempo que dejó de necesitarlo y sería una pena, señorita Kearney, que esa pequeña fortuna pasara sin más a las arcas del banco.

Al oír esto la concurrencia celebra por todo lo alto la actuación de mi padre. Ya no hay para qué preguntarle qué ocurrió enseguida. El conventillo de Brighton sabe que la muchacha, con reparos o sin ellos, ha aceptado aquel súbito giro de su suerte. ¿Quién no lo haría en su situación? Ya imaginan a la muchacha soñando con vestidos nuevos, tomando ese taxi que necesitó tantas veces cuando la lluvia la sorprendía en los descampados de Southgate, aplaudiendo en la fila cero del Strand esa obra de teatro a la que nunca creyó poder asistir. A esas alturas los presentes, en especial mi madre, han comenzado ya a concebir mil maneras de sacar el mayor provecho posible de la ilusión que mi padre sembró esa mañana en las ansias de Siobhan Kearney. Ahora que la saben al alcance de sus manos, quieren poseerla por completo, adueñarse de ella, cortejarla, redimirla de su vergonzosa medianía. Buscan, en fin, la forma de controlar su suerte con la misma ilusión con la que un niño cree que podrá algún día regir la fuerza incontenible de las mareas o de los astros.

Siempre me han estremecido la energía y la eficacia con que en esos meses el conventillo de Brighton llevó a efecto sus planes para renovar la suerte de Siobhan Kearney. Era como si auténticas fuerzas del más allá se hubiesen confabulado a fin de que la impostura de aquella segunda Siobhan fuese un éxito. Invitada por mi padre, su ángel protector, la muchacha comenzó a visitarnos en Brighton, donde las damas del conventillo se consagraron enseguida a cortejarla, redimirla e instruirla para que respondiese dignamente a la supuesta generosidad de la providencia. Entre bromas y veras la felicitaron por su buena estrella, la iniciaron en las normas más elementales de la etiqueta que debía respetar si quería ser aceptada en sociedad, eligieron para ella los vestidos, el maquillaje y aun el peinado con que empezó a asistir a la ópera y al hipódromo. La muchacha, por su parte, se prestó a aquella transformación con la docilidad de una muñeca de trapo en manos de un grupo de niñas sobreexcitadas y enormes. Casi con alegría obedeció cada una de sus instrucciones y vistió cada uno de los sombreros que le asignaron, se entregó sin chistar a agotadoras sesiones donde le mejoraron el acento y hasta la educaron para que su ignorancia en materia de música y política pareciese antes una virtud de dama bien criada que un defecto de su origen modestísimo. Tal fue su docilidad, que en menos de dos meses hubiera sido imposible reconocer en ella a la humilde muchacha de Cockfosters a la que mi padre había citado alguna vez en la oficina de su banco en Londres.

Debo aclarar a todo esto que la tenaz metamorfosis de Siobhan Kearney tuvo sus límites, acaso porque ninguna de sus hadas de marras quiso nunca renunciar del todo al placer de exhibir el fondo grotesco de aquella acartonada Cenicienta. Más que hermosa o refinada, la muchacha terminó por parecer un borroso catálogo de buenas maneras, una máscara que sin embargo nunca pudo disimular el carácter híbrido y monstruoso de la condición de quien la portaba. Fruto de la indiscreción y la jactancia de los miembros del conventillo, la verdad sobre el origen de la pequeña fortuna de la señorita Kearney fue un secreto a voces en los círculos más selectos de la alta sociedad londinense, y tanto, que la muchacha no tardó en convertirse en el juguete temporario de Ascot y Covent Garden, en una suerte de prodigio circense alimentado por aplausos y falsos halagos que ella, desde su radical ingenuidad, aceptó de plácemes como si en verdad fuesen pruebas incontrovertibles de que había sido aceptada por los que antes cortejaron a la dueña original de su nombre, su dinero y su destino.

Cierta noche, no hace mucho tiempo, pregunté a mi padre si alguna vez consideró que tarde o temprano sería necesario desengañar a la muchacha. Mi padre me miró extrañado y se encogió de hombros como si esa fase ineludible de su juego nunca hubiera ocupado sus pensamientos. O peor aún, como si a esas alturas el nombre de Siobhan Kearney no le dijese absolutamente nada. Entonces me aterró descubrir que la historia de la muchacha había sido para él tan importante como un viaje de negocios a Newcastle o una cacería en Bretaña. Sin duda, el tiempo que duró el desfile de Siobhan Kearney por los salones y teatros de Londres le había dado numerosas satisfacciones, pero a la postre había sido también un descalabro que juzgó prudente olvidar tan pronto como la muchacha desapareció de nuestras vidas y del mundo.

Más que avergonzarle, el desenlace de aquel juego sólo pudo provocar en mi padre un efímero estallido de rabia, acaso lo sacó provisoriamente de sus cabales como la derrota de un caballo por el que había apostado más de lo prudente. Lo mismo vale decir por los restantes miembros del conventillo de Brighton, que en el fondo nunca perdonaron a la muchacha su exceso de credulidad. Cuando su industria dejó de parecerles novedosa, mi padre y sus cómplices comenzaron a ver en el entusiasmo de Siobhan Kearney un síntoma de su irremediable mal gusto. Les indignó que la muchacha se sintiese efectivamente a nuestra altura y, sobre todo, que creyese en la honestidad de las flores y los billetes perfumados con que de pronto se dio a cortejarla un gomoso cuarentón de Bristol. Las mujeres del conventillo tomaron por una ofensa imperdonable que la muchacha dejase de frecuentarlas para entregarse a una felicidad que ninguno de sus creadores podía brindarle o escamotearle. Todavía puedo escuchar la irritada voz de mi madre cuando comentaba el penoso espectáculo de la muchacha cogida del brazo de aquel cazafortunas, de ese patán que sólo la quiere por su dinero. Nuestro dinero, añadía como si dijese también nuestra Siobhan, nuestra criatura. Entonces las otras damas del conventillo se indignaban con ella, reprobaban la ingratitud de las mujeres ordinarias, pero qué puede una esperar, amigas mías, de ese tipo de gentuza.

El conventillo de Brighton debió de sacar de esta o semejante indignación la fuerza que le faltaba para dar fin a su juego. Tal vez un jugador más justo o piadoso habría propuesto hablar seriamente con la muchacha, advertirle de los peligros que la amenazaban si seguía juntándose con el solterón de Bristol, aconsejarla como lo habría hecho su madre: con cariño pero con firmeza. Pero ese tipo de compasión le estaba vedado a los cínicos de Brighton: Siobhan Kearney no era su hija, y ellos debían cuidarse de caer en vanos sentimentalismos. Más que sus hadas, los miembros del conventillo debían asumirse sus parcas, y estaban obligados a actuar como tales si en verdad deseaban evitar que la muchacha los despeñase definitivamente en el ridículo.

Como es de suponerse, la responsabilidad de cortar los hilos que unían a las dos Siobhan recayó nuevamente en mi padre. La operación, simple e ingrata, fue ejecutada con una limpieza casi quirúrgica. Mi padre no citó a la muchacha en Brighton, sino en la oficina bancaria donde había empezado todo. No la estrechó ni la bendijo. Ni siquiera le reclamó sus desaires al conventillo o sus coqueteos con el caballero de Bristol. Simplemente le anunció que había aparecido inopinadamente un heredero de la difunta señora Kearney y que éste, con toda justicia, reclamaba la fortuna de la cual él, con la mejor de las intenciones, se había atrevido a disponer. Desde luego, añadió, él se encargaría de asumir la significativa merma que en el caudal de la desdichada señora Kearney había ocasionado su irreflexivo acto de altruismo, pero no necesito decirle, señorita, que por desgracia ya no nos será posible seguir ayudándola como hasta ahora lo hemos hecho.

Ni esa ni ninguna otra tarde pudo el conventillo de Brighton agasajarse con un histriónico relato del nuevo encuentro entre mi padre y la infortunada muchacha. Es incluso posible que esa noche prefiriesen no reunirse, no ver la cara de mi padre cuando se sentó a cenar y anunció sin más que todo estaba hecho. Mi madre, por su parte, guardó silencio. Recuerdo ahora su mandíbula distraída en masticar un pedazo de carne ofensivamente duro, su mente acaso concentrada en imaginar el rostro pálido de la muchacha al recibir el golpe de su vuelta a la indigencia, sus manos aferradas a un suntuoso sillón de cuero negro que no basta para sostenerle, los ojos que se apagan porque ya anticipan el día en que el caballero de Bristol la dejará plantada en un banco de los jardines de Kensington hasta que llegue la noche y ella comprenda que sólo una dosis desmedida de barbitúricos le permitirá seguir siendo Siobhan Kearney, la única.

Ignacio Padilla

Comunión Plenaria

Los nervios se me adhieren
al barro, a las paredes,
abrazan los ramajes,
penetran en la tierra,
se esparcen por el aire,
hasta alcanzar el cielo.

El mármol, los caballos
tienen mis propias venas.
Cualquier dolor lastima
mi carne, mi esqueleto.
¡Las veces que me he muerto
al ver matar un toro!…

Si diviso una nube
debo emprender el vuelo.
Si una mujer se acuesta
yo me acuesto con ella.
Cuántas veces me he dicho:
¿Seré yo esa piedra?

Nunca sigo un cadáver
sin quedarme a su lado.
Cuando ponen un huevo,
yo también cacareo.
Basta que alguien me piense
para ser un recuerdo.

Oliverio Girondo

El burro

A veces sueño que Mario Santiago
Viene a buscarme con su moto negra.
Y dejamos atrás la ciudad y a medida
Que las luces van desapareciendo
Mario Santiago me dice que se trata
De una moto robada, la última moto
Robada para viajar por las pobres tierras
Del norte, en dirección a Texas,
Persiguiendo un sueño innombrable,
Inclasificable, el sueño de nuestra juventud,
Es decir el sueño más valiente de todos
Nuestros sueños. Y de tal manera
Cómo negarme a montar la veloz moto negra
Del norte y salir rajados por aquéllos caminos
Que antaño recorrieran los santos de México,
Los poetas mendicantes de México,
Las sanguijuelas taciturnas de Tepito
O la colonia Guerrero, todos en la misma senda,
Donde se confunden y mezclan los tiempos:
Verbales y físicos, el ayer y la afasia.

Y a veces sueño que Mario Santiago
Viene a buscarme, o es un poeta sin rostro,
Una cabeza sin ojos, ni boca, ni nariz,
Sólo piel y voluntad, y yo sin preguntar nada
Me subo a la moto y partimos
Por los caminos del norte, la cabeza y yo,
Extraños tripulantes embarcados en una ruta
Miserable, caminos borrados por el polvo y la lluvia,
Tierra de moscas y lagartijas, matorrales resecos
Y ventiscas de arena, el único teatro concebible
Para nuestra poesía

Y a veces sueño que el camino
Que nuestra moto o nuestro anhelo recorre
No empieza en mi sueño sino en el sueño
De otros: los inocentes, los bienaventurados,
Los mansos, los que para nuestra desgracia
Ya no están aquí. Y así Mario Santiago y yo
Salimos de la ciudad de México que es la prolongación
De tantos sueños, la materialización de tantas
Pesadillas, y remontamos los estados
Siempre hacia el norte, siempre por el camino
De los coyotes, y nuestra moto entonces
Es del color de la noche. Nuestra moto
Es un burro negro que viaja sin prisa
Por las tierras de la Curiosidad. Un burro negro
Que se desplaza por la humanidad y la geometría
De estos pobres paisajes desolados.
Y la risa de Mario o de la cabeza
Saluda a los fantasmas de nuestra juventud,
El sueño innombrable e inútil
De la valentía.

Y a veces creo ver una moto negra
Como un burro alejándose por los caminos
De tierra de Zacatecas y Coahuila, en los límites
Del sueño, y sin alcanzar a comprender
Su sentido, su significado último,
Comprendo no obstante su música:
Una alegre canción de despedida.

Y acaso son los gestos de valor los que
Nos dicen adiós, sin resentimiento ni amargura,
En paz con su gratuidad absoluta y con nosotros mismos.
Son los pequeños desafíos inútiles —o que
Los años y la costumbre consintieron
Que creyéramos inútiles—los que nos saludan,
Los que nos hacen señales enigmáticas con las manos,
En medio de la noche, a un lado de la carretera,
Como nuestros hijos queridos y abandonados,
Criados solos en estos desiertos calcáreos,
Como el resplandor que un día nos atravesó
Y que habíamos olvidado.

Y a veces sueño que Mario llega
Con su moto negra en medio de la pesadilla
Y partimos rumbo al norte,
Rumbo a los pueblos fantasmas donde moran
Las lagartijas y las moscas.
Y mientras el sueño me transporta
De un continente a otro
A través de una ducha de estrellas frías e indoloras,
Veo la moto negra, como un burro de otro planeta,
Partir en dos las tierras de Coahuila.
Un burro de otro planeta
Que es el anhelo desbocado de nuestra ignorancia,
Pero que también es nuestra esperanza
Y nuestro valor.

Un valor innombrable e inútil, bien cierto,
Pero reencontrado en los márgenes
Del sueño más remoto,
En las particiones del sueño final,
En la senda confusa y magnética
De los burros y de los poetas.

Roberto Bolaño

Pavana para una infanta difunta

A Alejandra Pizarnik

Pequeña centinela
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban a medida que tú te destejías
hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de
la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de
todo el universo.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar
la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala
que te incrusta en lo oscuro
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar
en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la
herida del propio nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del
propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un
jardín donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampiro,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el
resto de la sangre en el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie,
abismos hacía adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta
que te deshabitaba.
Eregías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera
de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los
puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos,
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estragos de la poesía cortándote las
venas con el filo del alba,
y esos labios exangües sorbiendo los venenos en
la inanidad de la palabra!
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te
desliza en otro laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Y todo es al revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
solo con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo
de los pies:
sin duda estás clamando por pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra
que aún te sobrevuela en busca de otra,
o tiemblas frente a un insecto que cubre con sus
membranas todo el caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces
en sus alas como un manto:
en el fondo de todo hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.

Olga Orozco