La huida 

Ayer soplaba un viento conocido. Un viento con el que ya había coincidido.
Era una primavera precoz. Yo caminaba en medio del viento con paso decidido, rápido, como todas las mañanas. Sin embargo, tenía ganas de regresar a mi cama y acostarme, inmóvil, sin pensar en nada, sin desear nada, y quedarme allí tendido hasta sentir acercarse esa cosa que no es ni voz, ni sabor, ni olor, sólo un recuerdo muy vago, venido de más allá de las fronteras de la memoria.
La puerta se abrió lentamente y mis manos colgantes sintieron con escalofrío los pelos sedosos y suaves del tigre.
—¡Música, maestro! —dijo—. ¡Toque algo! Con el violín o con el piano. Mejor con el piano. ¡Toque!
—Yo no sé —le dije—. Jamás en mi vida he tocado el piano, ni siquiera tengo piano, nunca lo he tenido.
—¿Nunca en su vida? ¡Qué tontería! ¡Vaya a la ventana y toque!
Frente a mi ventana había un bosque. Vi a los pájaros juntarse en las ramas para escuchar mi música. Vi a los pájaros. Con sus cabecitas ladeadas y sus ojos fijos que miraban algo a través de mí.
Mi música se tornaba cada vez más impetuosa. Hasta devenir insoportable.
Un pájaro muerto cayó de una rama.
La música se interrumpió.
Me volví.
Sentado en medio de la habitación, el tigre sonreía.
—Con esto basta por hoy —dijo—. Usted debe ejercitarse más a menudo.
—Sí, se lo prometo, me ejercitaré. Pero ahora, por favor, espero algunas visitas, compréndalo. Podrían desconcertarse con su presencia aquí, en mi casa.
—Naturalmente —bostezó.
Con paso elástico, traspasó la puerta que yo había cerrado con dos vueltas trás él.
—Hasta la vista —me dijo antes de desaparecer.
Lina me esperaba en la entrada de la fábrica, apoyada contra la pared. Estaba tan pálida y triste que había decidido detenerme para hablar con ella. Sin embargo pasé de largo, sin siquiera volver la cabeza hacia ella.
Un poco más tarde, cuando ya había puesto en marcha mi máquina, ella se me acercó.
—¡Qué raro! Jamás le había visto reír. Le conozco desde hace años. Y en todo ese tiempo nunca se ha reído ni una sola vez.
La miré y estallé en carcajadas.
—Prefiero que no se ría —dijo.
En ese momento, experimenté una viva inquietud y me asomé a la ventana para ver si el viento seguía estando allí. El movimiento de los árboles me devolvió la calma.
Cuando me volví, Lina había desaparecido. Entonces le hablé:
—Lina, yo te amo. Realmente te amo, Lina, pero no tengo tiempo para pensar en eso, hay tantas cosas en las que debo pensar, por ejemplo en ese viento, ahora debería salir y caminar en medio del viento. No contigo, Lina, no te enfades. Caminar con el viento es algo que no se puede hacer sino solo, porque hay un tigre y un piano cuya música mata a los pájaros, y sólo el viento puede ahuyentar ájaros, y sólo el viento puede ahuyentar al miedo, eso es cosa sabida, hace mucho tiempo que lo sé.
Las máquinas tañían el ángelus alrededor de mí.
Avancé por el pasillo. La puerta estaba abierta.
Aquella puerta siempre estaba abierta y yo nunca había intentado salir por allí.
¿Por qué?
El viento barría las calles. Esas calles desiertas se me antojaron extrañas. Nunca las había visto en la mañana de un día laborable.
Luego me senté en un banco de piedra y lloré.
Al mediodía calentó el sol. Unas nubecitas se deslizaban por el cielo y la temperatura era muy agradable.
Entré en un bar, tenía hambre. El camarero puso ante mí un plato de bocadillos.
Yo me dije:
—Ahora debes regresar a la fábrica. Debes regresar allí, no tienes ningún motivo para detener el trabajo. Sí, ahora debes regresar.
Empecé a llorar de nuevo y advertí que me había comido todos los bocadillos.
Cogí el autobús para llegar más rápido. Eran las tres de la tarde. Todavía podía trabajar dos horas y media.
El cielo estaba nublado.
Cuando el autobús pasó frente a la fábrica, el revisor me miró. Más adelante, me tocó el hombro:
—Es la terminal, señor.
El lugar donde me bajé era una especie de parque. Unos árboles, unas cuantas casas. Ya era de noche cuando entré en el bosque.
Ahora la lluvia era copiosa, mezclada con nieve. El viento golpeaba salvajemente mi cara. Pero era él, el mismo viento.
Caminaba, cada vez más rápido, hacia una cumbre.
Cerré los ojos. De todas maneras no veía nada. A cada paso, tropezaba con un árbol.
—¡Agua!
A lo lejos, por encima de mí, alguien había gritado.
Era ridículo, había agua por todas partes.
Yo también tenía sed. Eché para atrás la cabeza y, con los brazos separados, me dejé caer. Hundí mi rostro en el lodo frío y no volví a moverme.
Fue así como morí.
Mi cuerpo enseguida se confundió con la tierra.

(Ayer, fragmento)

Agota Kristof

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